19 de abril de 2010

Caramelita.

Ayer pensaba en Caramelita. Caramelita era una muñeca de rulos de lana rojos que me regalaron mis padres el día de mi cumpleaños número cinco. En realidad no eran rulos, eran arquitos de lana sobre el “cuero cabelludo” (tradúzcase plástico lanudo). Mi madre me sugirió el nombre ya que yo ofrecí llamarla Caramelo, pero ella me advirtió que no era nombre de muñeca. Después de muchos años tenerla, ni sé donde habrá ido a parar; tal vez ya es fuego bajo el sol.

De niños somos seres puros. Si no te bancás a algún pibito del barrio lo puteás sin ninguna hipocresía; si querés a alguien, lo abrazás sin temores; si te sentís solo, le hablás a alguna Caramelita, que va a estar con vos, sentada bajo la higuera, por ejemplo en el caso que injustamente un adulto te retó (habrá pretendido que te comportaras como adulto, qué pena.). Y esto último es una de las tantas cosas que quisiera rescatar y volver a mí (tarea difícil), esa pureza, esa simplicidad tan lejos del prejuicio ajeno, que hemos tenido de niños para resolver ese mal tan desgarrante que muchas veces nos mantiene embebidos esta vida de adultez; la soledad. Y hablo de la soledad en su más amplio espectro, y formas de aplicación. Esas cosas que hacemos o que adquirimos o que decimos para sentirnos menos solos.

Quisiera volver a la pureza de mi niña. La niña que dibujó piruetas sin importar las preguntas ni los ojos ajenos; piruetas que el tiempo y el mundo en una complicidad simbiótica, cruelmente las han borrado.


ceci
abrildosmildiez.

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